Salida de Campo
Salida de campo
De una distracción, a una adicción
Al salir a
semana santa, unos compañeros, (Brayam, Deisy, Laura) y yo aún no teníamos muy claro qué lugar
visitaríamos para nuestra salida de campo. Al principio estábamos pensando en
visitar un lugar con personas totalmente distintas a nosotros, como una
comunidad indígena en Chía o un hogar de paso de los habitantes de calle, pero
al final decidimos un lugar que frecuentan personas de nuestro alrededor y muchas veces no
lo sabemos: un casino.
Era martes
16 de abril y era un día distinto a todos mis martes rutinarios, pues estábamos
descansando. Después de un día un poco atareado, ya que estaba alistando
ciertas cosas para un viaje que iba a hacer en los próximos días, en la tarde me
reuní con mis compañeros en el centro comercial Santafe y procedimos a buscar
el casino, que según el mapa del lugar quedaba ubicado en el tercer piso. Luego
de aproximadamente 15 minutos de estar caminando y buscando el local, vimos a
lo lejos un letrero grande de colores y bombillos, entre unas paredes de un
verde bastante llamativo, que decía Casino Ipanema.
Mientras caminábamos
sentía un poco de nervios, pero a la vez estaba ansiosa y emocionada de vivir
la experiencia. Apenas atravesamos la puerta, al instante vimos una pequeña
recepción a un costado. Nos acercamos a decirle a las recepcionistas que por
favor nos explicaran cómo funcionaba el lugar. Lo primero que nos pidieron
fueron las cédulas, pues supongo que aún no nos vemos mayores de edad. Luego,
nos ofrecieron guardarnos nuestros bolsos, pero nosotras no quisimos aceptar el
servicio ya que el dinero que íbamos a utilizar estaba ahí.
Algunas de las mujeres que estaban allí
entraron con nosotras a dónde estaban ubicados los juegos. Aunque nos estaban
atendiendo muy amablemente, nos miraban un poco extrañadas por la situación,
pues que un grupo de tres jóvenes vayan a un casino sin saber nada del tema no
es algo común. Nos llevaron hacia las máquinas individuales y nos asignaron una
a cada una de nosotras. Primero nos dijeron que la apuesta mínima era de cinco
mil pesos, lo que nosotras íbamos a apostar por ser principiantes en el asunto.
Podíamos meter el billete directamente en la máquina, pero, si no lo teníamos
exacto, debíamos cambiar nuestro dinero en la caja por unos tickets. Mientras
mis compañeras fueron a cambiar sus billetes, yo ingrese mi billete de cinco
mil pesos y una mujer me comenzó a explicar en qué consistía el juego.
En la
pantalla, el juego parecía una especie de triqui, aunque era mucho más
complejo. Era una cuadrícula de cuatro espacios verticales y cuatro horizontales.
La máquina tenía muchas temáticas que se podían ir variando si no se había
acabado el dinero apostado: Había unas con frutas, perros y gatos, temática
medieval, temática acuática, entre muchas otras.
A los lados había unas barras que, al tocarlas
con la pantalla táctil, mostraban unas líneas aleatorias en la cuadrícula. Yo tenía
la temática acuática, en la que había que armar grupos de la misma criatura
submarina para ir ganando puntos, aunque si soy sincera nunca entendí realmente
el propósito del juego. Primero se movía la barra de las líneas y luego se oprimía
el botón que decía JUGAR, eso era una ronda. La barra del otro lado era para
subir la apuesta, dato que yo no sabía, por lo que tristemente perdí rápidamente.
Mientras
mis compañeras terminaban de jugar sus apuestas, yo observé los otros jugadores
a mi alrededor. Lo que más me sorprendió es que la mayoría de los jugadores
allí eran personas mayores, sobre todo mujeres. Casi siempre iban solas, por
mucho con otra persona, y se sentaban cómodamente en sus asientos a jugar en las
máquinas. Se notaba su familiaridad con ellas, parecía que sabían jugarlas a la
perfección.
Cuando solo
una de nuestras compañeras quedaba por perder, una mujer se sentó a nuestro
lado. Mientras nosotras hacíamos un esfuerzo por entender el juego, siempre
antes de oprimir el botón de JUGAR pensábamos nuestros movimientos, la mujer
solo oprimía ese botón sin parar ni pensar en sus jugadas, casi como algo
mecánico, acabando rápidamente con su apuesta. Nosotras intentamos hacer lo
mismo, y me di cuenta que es un juego basado en el azar, que no se necesita
pensar tanto la jugada para recuperar la apuesta. Finalmente, mi compañera
logró ganar un poco de dinero, aunque no era ni la mitad de lo que había
apostado.
Con lo que
nos habíamos ganado en la anterior máquina, exploramos en lo demás juegos.
Todos se trataban básicamente de lo mismo, de opciones al azar y esperar ganar
algo de dinero. El único que entendí fue el que había visto en varias
películas: tres cuadros con diferentes signos y, si se lograba sacar las tres
opciones con el mismo signo, se ganaba.
Después de
las máquinas individuales miramos un poco de un juego de carreras de caballos. Tenía
varias rondas, y estaban participando varios hombres y una mujer mayor. Logré
notar que un hombre insertaba billetes en la máquina. Al principio creía que no
estaba apostando tanto dinero, pues solo insertó uno de veinte mil pesos, pero
luego vi que sacó de sus bolsillos un fajo bastante grueso de billetes y me
impactó ver hasta dónde puede llegar la afición al juego de las personas.
Por último,
fuimos a los juegos en grupo. Allí sí se podían observar algunos grupos de gente
joven. Nos acercamos a una mesa que se encontraba sola, en la que se jugaba
blackjack, el juego más sencillo y con el que estaba más familiarizada. Solo se
podía apostar mínimo 20 mil pesos, por lo que entre nosotras reunimos esa
cantidad de dinero. Antes de empezar a jugar, los del lugar nos preguntaron si
queríamos algo de tomar, por lo que mis compañeras y yo pedimos un agua
aromática. Todo era gratis con tal de hacer sentir a gusto el cliente.
En cada
ronda uno debía apostar una ficha de cinco mil pesos. El que jugaba con
nosotras y trabajaba en el casino nos explicó brevemente las reglas y las señas
que se debían hacer según la jugada que deseáramos: Plantarse con el número que
tuviéramos, pedir una carta más o retirarse. Él nos sugirió que generalmente
las personas se plantaban en 17 o 18 para asegurarse de no pasarse, por lo que
nosotras seguimos ese patrón. Cada vez que estábamos remotamente cerca del
número 21 nos plantábamos, pero sorprendente el trabajador del casino siempre
lograba juntar cartas que tuvieran una cantidad mayor a la que nosotras
teníamos, por lo que al final debíamos pagar.
Desde ese
momento, me di cuenta que realmente el éxito de los casinos es hacer que las
personas tengan la ilusión de que alguna vez van a poder ganarles, pero
realmente ellos logran manipular todo. Me sorprendió que aun dándose cuenta de
que el trabajador del casino nunca perdía, más personas de todas las edades
jugaran después de nosotras y con cantidades de dinero más grandes. La clave
del casino es hacer que, de mil veces de jugar, se gane solo una vez, para que
la persona pueda sentir el deseo de volver a tener la victoria, aunque
realmente es una práctica que solo trae perdidas, tanto de dinero, como de
tiempo. Un lugar que puede pasar de ser una simple distracción a una grave adicción



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